Bajo el cielo de un mundo que no duerme, donde el hierro aún muerde la tierra y el humo empaña el alba, elevamos un susurro hecho de barro y de estrellas.
Por Venezuela, nuestra orquídea herida: Que el viento del Caribe limpie las sombras de sus valles. Que el Orinoco no solo arrastre agua, sino el llanto de los que partieron, limpiando el camino para que los pies cansados encuentren la ruta a casa. Que la libertad no sea una palabra de mármol, sino una hoguera cálida donde cada venezolano pueda calentar sus manos sin miedo.
Por el Mundo, este navío en la tormenta: Pedimos por las tierras donde el silencio es un lujo y el pan un milagro. Que en las estepas de Ucrania y los desiertos del Levante, la semilla de la paz sea más fuerte que la pólvora que la entierra. Que la mano del poderoso se vuelva caricia para el vulnerable, y que el frío de la indiferencia se rinda ante el fuego de la justicia.
Que este 2026 no sea un número en la historia, sino el año en que el hombre aprendió a leer los ojos del otro. Que la tecnología no nos robe el asombro, ni el poder nos arranque la piel de la compasión.
En el nombre de la esperanza, que es la última en cerrar la puerta, y de la luz, que siempre encuentra una grieta para entrar.
Que así sea.

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