Desde mi faceta más espiritual, este es un momento de oscuridad profunda. Estamos viendo cómo el ego de los poderosos arrastra a inocentes a la tumba. Mientras los políticos celebran "operaciones letales", hay familias llorando en Teherán y en Tel Aviv. Que Jehová nos agarre confesados, porque cuando los hombres juegan a ser Dios con drones y misiles, la humanidad es la que siempre pierde.
En las últimas horas, las tendencias de búsqueda revelan un anhelo paradójico: miles de personas están pagando fortunas por viajar a lugares donde no hay señal. Lo que antes era una carencia técnica, hoy se comercializa como un retiro espiritual de élite. Pero, ¿por qué nos aterra tanto la idea de estar localizables y, al mismo tiempo, nos angustia tanto el silencio? La verdadera brújula no apunta al norte magnético, sino al centro de nuestro propio ser cuando el ruido exterior se apaga. La tiranía de la disponibilidades permanente La era digital nos ha robado el "derecho a la ausencia". Hoy, no responder un mensaje en minutos se interpreta como una falta de respeto o una señal de crisis. Esta disponibilidad perpetua está agotando nuestras reservas de asombro y creatividad. Estamos tan ocupados reportando nuestra ubicación al algoritmo que hemos olvidado cómo se siente estar, simplemente, donde nuestros pies tocan el suelo. Como afirmaba el filósofo y matemático Blais...
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